Un retiro.
2 abril 2023
Murcia, DOMINGO DE RAMOS, 8:30 Y VENTOSO. El tiempo parece exclamar: “¿A dónde vais, insensatos, que estéis mejor que aquí?”. Si hasta os doy un descanso merecido. FELICES FIESTAS.
1 abril 2023
Murcia, sábado, 11:20, en la habitación del rincón, que fuera de Miguel cuando vivía aquí. Mi hijo Pascual iba de “retiro” unos días al Palmar. Antes, íbamos juntos: él ponía el coche y yo pagaba el Curso. Luego se iba solo, no sé por qué.
Como tengo mi Diario, te escribo el Retiro que hicimos el 8 de marzo de 2013. Igual fue el último que hicimos juntos. Te copio:
RETIRO EN EL LLANO
Las doce y veinte, en mi habitación, que lleva por nombre “Lorquí”. Ayer, como estaba previsto, Pascual llegó por mí y nos vinimos. Eran las 7 y media de la tarde, ya noche, cuando salimos.
A la hora de cenar estábamos aquí, con una treintena de compañeros. Y lo más sorprendente, por inesperado, es que estaba Don Isidoro, paisano y amigo, como figura estelar para las Charlas y Meditaciones. Nos saludamos, recibimos las primeras instrucciones para guardar estos días, y a dormir.
Como quien dice: “Cada mochuelo a su olivo”. Mi olivo se llama “Lorquí” y el de Pascual, “Los Alcázares”. Uno enfrente del otro. Mi habitación es suficiente: una cama, una mesa, una silla, un armario y un cuarto de aseo con ducha, lavabo y demás servicios.
Mamá no quería -fuera distracciones- pero me traje el ordenador. Sabía yo que lo echaría de menos si lo dejaba en Murcia. Así, entre una y otra actividad, cuando otros pasean por el huerto, yo escribo aquí. Mamá piensa que si vengo a un “Retiro” es para pensar en mi futuro.
Por la ventana veo árboles cercanos y montes a lo lejos. De los árboles puedo decir que se mueven mucho sus ramas, sobre todo de unas palmeras, lo que me dice que el viento no cesa y hace difícil o, por lo menos molesto, pasear fuera.
Para leer, como yo sabía de otras veces, hay un armario con libros a la entrada del salón. Cada libro lleva su precio por si lo quieres comprar. Ah, y una cajita cerca para que eches el dinero. Nadie te vigila ni se preocupa del donativo que quieres dar como limosna.
Yo cogí esta mañana un libro y puse el importe en la cesta. Nadie había para cobrar ni para cambiar monedas. Aquí en la habitación, en una leja veo tres libros: el Nuevo Testamento y un Misal iberoamericano en dos tomos. No los he abierto aún, pero lo haré cuando tenga tiempo.
A la una había charla. Subo de la misma. En el salón nos hemos reunido los “retirados”, valga la expresión. Un señor sesentón, nos ha hablado del valor de la oración. Media hora bla, bla, bla, de lo que puede la oración, y cómo debe hacerse.
Le he pedido luego que me diga el importe del curso, que quiero abonar lo mío y lo de Pascual. Me ha desbordado. Yo pensaba, por lo que me dijo Pascual, que era menos. Menos mal que me eché la libreta de ahorros. Pascual fue a Murcia a dar una clase en el colegio y ha vuelto.
Son las cinco menos cuarto y venimos de la capilla de rezar el Vía Crucis. Como no se pasa lista en las actividades, no sabemos si alguien falta.
Como una de las primeras advertencias que recibimos al llegar fue que guardemos silencio, no hablamos unos con otros. Vamos como fantasmas cuando no estamos reunidos en la capilla o en el salón con alguna charla.
Unos rezan el rosario, otros leen, y otros meditan o se pasean simplemente, que es otra forma de orar, según nos dijeron. Por todo ello, es difícil decir con quién estamos. Yo no me atrevo a entrar en la casa de nadie sin su permiso.
Yo puedo saber si son altos o bajos, con bigote o sin él, gordos o flacos, pero solo eso. Decir de cada uno cómo es o a qué se dedica fuera de esta casa, imposible.
La edad oscila entre cuarenta o cincuenta años; solo uno o dos se pasan o no llegan. No puedo decirte más. He visto que en la mesa, como se lee mientras que comemos, todos saben leer y no lo hacen mal. ¿Son personas de carrera? Me atrevería a decir que sí.
En la Meditación de las ocho, don Isidoro ha contado un suceso gracioso que le ocurrió con don Francisco Zapata, cura que estuvo en Jumilla de párroco en la iglesia de Santiago.
Yo le hubiera contado a don Isidoro otro suceso en el teatro Vico. Estaba lleno de público hasta palcos y plateas. No recuerdo cuál era el motivo de la función. Alguien desde el escenario dijo: “Quien mejor nos puede hablar de esto es don Francisco Zapata, que está aquí con nosotros”.
El público empezó a pedir que subiera al escenario y el pobre, que no esperaba esta petición, subió más blanco que el papel. Sus palabras fueron, lo recuerdo perfectamente: “Si me pinchan, no me sale una gota de sangre”.
El abuelo Paco.
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