Relojes.

18 abril 2923

     Murcia, martes, 8:16, mañana fresca, pero sin nubes. Le diré a mi hijo Pascual, Químico, que junte Oxígeno y el doble de Hidrógeno a ver qué sale. El descubridor que descubra la forma de obtener agua, gran descubridor será.  

     17 abril 2023

     Murcia, lunes, 12:09. EL cielo se ha olvidado de llover. Como no se inventen las lluvias artificiales nos quedamos sin agua.

     OLVIDOS IMPERDONABLES

     - Un año se nos pasó.

     - ¿Qué se os pasó?

     - El cumpleaños de Miguel. Menos mal que Francis, que en eso de los cumpleaños no hay otro, vino exprofeso a felicitarlo y a traerle un obsequio. En la mesa, ya en los postres, dijo Miguel: “¡Sacad ya la sorpresa!”.

     - ¿Qué sorpresa?”, dijimos los demás. Miguel, que creía que guardábamos para el final la tarta y los regalos con la canción de “Cumpleaños feliz”, tuvo que aclarar: “¡Pues que es mi cumpleaños!”.

     - Te prometo, Miguel que el año que viene celebraremos tu cumpleaños, ¡faltaría más, no lo olvidaremos, palabra!

     RELOJES

     Uno de los relojes del comedor da la hora. Es difícil que coincidan, siempre alguno se adelanta como los caballos en un hipódromo. Es singular la competición de mis relojes, sin reparar en los que entramos o salimos.

     El reloj de cuco hace más ruido que los otros; le sigue el de pesas doradas; luego el fabricado por mamá con escayola; por último el de Cajamurcia. Entre los cuatro forman una bella melodía. Si escuchas atento los oyes por separado. El tic-tac de cada uno es distinto. Si los igualas, al cabo de unas horas, ves que alguno se adelanta a los demás. Es, quizás, la broma o travesura que los divierte.

     ¿Tú piensas que un reloj no siente? ¿Crees acaso que un reloj no tiene vida? Yo estoy seguro de que los relojes, por lo menos estos del comedor, se alegran de correr más que ninguno y se ponen tristes de ir detrás. Su tic-tac me dicen que tienen corazón. Su velocidad me revela que tienen sentimientos.

     En el cajón de la mesita de noche hay otro reloj. Antes era del abuelo Amós. Aún lo veo tirar de la cadena y sacarlo del bolsillo para mirar la hora. Entonces estaba vivo como estos del comedor. Se sentía orgulloso de ser útil. Ahora no, ahora en un rincón del cajón permanece mudo, callado, como muerto. Nadie le consulta, nadie lo mira para nada, ¿cómo va a ser lo mismo?

     En la muñeca de mi mano izquierda llevaba otro reloj.  No cantaba ni hacía ruido alguno, pero parpadeaba alegre, orgulloso de acompañarme. Era como un caballo a punto de saltar. No como el otro que llevé durante años de metálica correa que ahora descansa en el tocador. Empezó, quizás por viejo, a retrasarse escandalosamente y hasta a pararse. No podía uno fiarse de él. ”¿Qué hora llevas?” “las siete”, y luego resulta que eran las siete y media.

     Un día, cuando todavía me fiaba de él, siendo la una en mi reloj, me dijo Manolita, la conserje en el Centro de Profesores donde yo trabajaba: “don Francisco, ¿es que no se va a comer?, no queda nadie en el Centro, son las tres menos cuarto”. La culpa era de mi achacoso reloj.

     Lo miré con rabia mal contenida. A punto estuve de tirarlo allí mismo a la papelera. Yo quiero relojes vivos, con sangre nueva, que haya que detenerlos, someterlos, ajustarlos, como a los relojes del comedor. ¿Que no tienen vida? Vaya si la tienen.

                                     El abuelo Paco.


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