Leonor y Senén -y 2-.

1 dicbre 2022:  San Eloy

 

   Murcia, jueves, las nueve, sin novedad en la casa.

 

   30 novbre 2022: San Andrés

 

   Murcia, miércoles. 12:27. Vengo de la calle con Lina, concretamente de la Plaza de Camachos, de ponerme la vacuna de la gripe y de coronavirus que están poniendo a los más vulnerables, que es mi caso.

   Te sigo contando el cuento que escribí cuando íbamos en Jumilla a la Residencia a oír misa con Don Blas. Mi amigo “la palmó”, la residencia la transformaron con obras, pero el Cuento que escribí quedó en un libro que conservo.

  

   Continuación:

 

   Senén tenía un amigo entre los residentes que se distinguía entre los demás. Los dos hablaban de sus cosas personales tras haberse contado mil veces sus años de juventud.

 

   ¡Cómo se apreciaban! Guillermo, que así se llamaba su amigo, era más basto que Senén, más rudo. Su lenguaje era acerado, no permitía que le llevaran la contraria. Por eso, quizás, no tenía muchos amigos. Era casi esquivado.

 

   En cambio Senén, tal vez por ser amable, el polo opuesto de Guillermo, se llevaba bien con él. No discutían; lo que afirmaba Guillermo era aceptado por Senén como verdad incuestionable. Sería por eso que se entendían.

  

   Senén y Guillermo paseaban por el jardín de la residencia en su tiempo libre, cuando tras el desayuno salían por la fuente y por caminos herbosos del huerto.

 

   Era la hora en que limpiaban las habitaciones. Hora en que algunos dedicaban a leer, otros a pasear o echar la partida de dominó.

  

   Mas, con ser habitual el trato de los dos amigos, nunca Senén le confesó a Guillermo que miraba con ansiedad a Leonor… que la quería, que se había convertido en la ilusión de su vida. Era algo tan íntimo que no quería profanarlo.

 

   Hasta que un día, cuando menos se lo esperaba, en un encuentro fortuito, se dio de bruces en un pasillo con Leonor y con Guillermo que reían cogidos de la mano, como jóvenes colegiales.

 

   Apenas repararon en él. Senén turbado, siguió su camino sin poder coordinar sus pensamientos. ¿Qué había visto? ¿Su amigo le traicionaba? ¿Leonor lo engañaba? Se fue a la capilla y se puso de rodillas delante del Sagrario.

 

   Unas lágrimas le cayeron por sus mejillas. Así pasó un tiempo que no supo medir. ¿Media hora? ¿Una hora? Cuando quedó más tranquilo salió de nuevo y, como un autómata, siguió a su habitación, que encontró más solitaria que nunca.

  

   El señor, que todo lo gobierna, le marcó otro camino para el resto de su vida. Senén no habló con Guillermo de este sentimiento destrozado, roto. Sereno, suplicó a Dios que lo llevara a otro mundo en el que no se sufriera.

 

               Cuento original del abuelo Paco. Abrazos.

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