La Academia.
14 diciembre 2022: San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, imagen viva del auténtico carmelita, cima de la poesía española.
Murcia, miércoles, las nueve. Sin novedad en el Alcázar.
13 dicbre 2022
Murcia, martes, 11:11 y nublado. Hace ya diez años que fuimos al Convento de “las Claras” con Angelina.
-¿Quién es esa Señora?
-Te cuento: En Jumilla hubo una Academia bastantes años por la que pasaron todos los jumillanos que estudiaban algo.
-¿Y quién dirigía esa Academia?
-Tenía nombre propio: Don José Yagüe. Mecanografía, taquigrafía, ortografía, caligrafía, Magisterio, bachillerato, derecho mercantil… Que querías preparar oposiciones a lo que fuera, allí tenías la solución: “Trae los libros, querido, y a estudiar desde mañana mismo”.
En bachillerato, tenía don José más alumnos que el Colegio de Enseñanza Media “San Francisco” con Profesores licenciado y catedráticos en todas las materias.
Era a mitad del siglo XX, cuando Franco ganó la Guerra Civil y la represión y el miedo eran el denominador común en todas las actividades de la sociedad.
La memoria y “el palo” eran los métodos en la enseñanza: “Es buen Maestro, pega mucho”, se decía. Lo de pegar era un eufemismo de castigar sin miedo al alumno.
“Este es mi hijo, Señor Maestro”, me dijo el padre de un niño cuando entré en mi primera Escuela de Rillo, “por lo que haga mal, dele “un lapo” que lo tire al suelo, que yo le daré más fuerte cuando vaya a casa”. Era lo que se llevaba.
El Maestro no tenía miedo a pegar al niño. Este, en cambio, temblaba cuando no contestaba a las preguntas del Maestro.
Don Máximo, sacerdote de sotana y Profesor de Latín, ponía a los alumnos en corro y en el centro al alumno que preguntaba. “¡Quítate las gafas, primero!”, le decía. “Y tú”, decía a otro, “prepárate a darle un guantazo si no contesta”. Comprenderás el estado de ánimo del alumno preguntado.
Bueno, pues Don José Yagüe dejaba en mantillas a don Máximo. “¡Don José, debajo de la escalera hay un niño muerto!”. Era un niño al que había castigado de rodillas hacía dos horas, se había desmayado y caído escaleras abajo.
Así don José cobró fama y no había padre que no quisiera llevar a sus hijos con don José. “¿A dónde van tus hijos?”, preguntaban madres o padres. “Con don José Yagüe”, decían orgullosos.
En los pocos años que ejercí de Maestro -Rillo (Teruel), Elche de la Sierra (Albacete), Jumilla (Murcia)- en la década de los cincuenta, la moda y el modo era pegar a los niños; “La letra con sangre entra”, “Quien más te quiera te hará llorar”. Se pegaba por todo y por nada en la escuela, en la casa, en la calle, en todas partes con absoluta impunidad. No había miedo a pegar -¿quién no recuerda a Joselito, el guardia del Ayuntamiento; a Comino, el jardinero; a don Jacobo, el cura de Santiago?-. Más bien, lo tildaban de “blando” y “débil” si no aplicaba el palo.
En una ocasión -y me arrepiento y pido públicamente disculpas, dejé castigado a un niño por no saberse la lección en Elche de la Sierra, y se me olvidó ir a abrirle por la noche.
Al día siguiente, temprano, fue a disculparse el padre a casa por haber abierto la puerta a su hijo a la una de la noche: “le dije que corriera el pestillo, usted perdone”.
-Pero, ¿no ibas a hablar de Angelina?
-Angelina era una joven más que estudiaba Magisterio con don José Yagüe. De familia humilde como la mayoría. Su padre, Marcial, era aperador, ¡cómo lo recuerdo! Tenía su oficio en la calle de Lerma o Albano Martínez. Nosotros, los niños, jugábamos cerca y hasta hablábamos con él.
Luego supe que aperador venía de aperar o componer carros, galeras y aparejos para el campo. Desapareció como tantos oficios que se dedicaban a lo mismo, como talabarteros o guarnicioneros.
Angelina se hizo Maestra y escribía Poesías. En su jubilación, pensó recogerlas en un libro. Y a eso fuimos hace diez años al Convento de las Claras: a celebrar los amigos el libro de poemas que había editado. Enhorabuena, Angelina.
Abrazos del abuelo Paco.
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