Pliegos.

12 octubre 2022

 

  Murcia, miércoles, las ocho y media, Día de las Pilares, todo para ellas, ¿tú conoces a un solo varón que se llame Pilar? Muchas lo celebrarán doblemente: “’Viva Pilar, que pone las cosas en su sitio”, se dirán. Es broma. Te cuento de ayer:

 

  11 octubre 2022    

 

  Murcia, martes, 11:44 en el reloj que tengo enfrente; ropa tendida en la terraza que veo por la ventana; un perro que ladra en la calle, y unos obreros del Ayuntamiento que cuidan los nuevos árboles de la puerta.

 

   Y poco más. Dentro, aún menos: mamá lee en el comedor; Marlène pasa el trapo por los muebles. Es lo que me encuentro cuando vuelvo de la calle. Que siga así mucho tiempo.

 

   PLIEGOS:

 

   En la época de Cervantes, siglo XVI, había escritores por pliegos: tantos pliegos, tanto cobraban. Y se cuenta que los trabajadores de la pluma se afanaban por terminar lo que llevaban en danza para poder comer.

 

   No es mi caso: nadie espera mi engendro, y puedo seguir a la vuelta si salgo. Así que si me llaman, dejo lo que estoy diciendo, atiendo la llamada y luego sigo con los pliegos como si me fueran a pagar por ellos.

 

   ¿Pagarían aquellos editores por la cantidad o por la calidad de los escritos? ¿O harían los encargos a los escritores de reconocido prestigio? Porque habría como ahora quien no se comiera una rosca y otros que coparan el mercado.

 

   Como los toreros: unos de cien corridas en la temporada y otros ni una. O como los cantantes: unos grupos probando aquí y allá y otros no dando abasto. Lo mejor es mi caso: escribir sin presión, sin que te exijan tantos pliegos a la semana o tantos folios cada día.

 

   A tu aire. Que escribes más, bien; que te llaman a desayunar, lo dejas y en paz. Son los abortos que te dije una vez: “cuando vas a dar a luz, tienes que dejar el parto”. Con todo, lo prefiero a escribir sobre temas impuestos: “Hoy vas a escribir sobre Putin, que es el tema que manda en todos los periódicos”.

 

   No, no es la forma de escribir que yo prefiero. Yo, a mi aire, de lo que quiero, y termino cuando me da la gana.

 

   RECUERDOS:

 

   Ocurrió en Valencia. Fuimos a la Primera Comunión de una de mis nietas. Estaba yo sentado en un banco, cerca del restaurante, esperando que saliera la comitiva familiar, cuando se me acercaron dos señores septuagenarios:

 

   -¿Descansando? –me dijeron amables.

 

   -Sí, espero a la familia –les contesté.

 

   La edad a partir de los setenta, no despierta sospechas. No pasa por tu cabeza que te vayan a atracar. Se detuvieron conmigo. No sé qué dijeron pero enseguida nos vimos hablando como amigos de toda la vida. Eran religiosos con ropa de seglar.

 

   -Somos de la iglesia evangelista y buscamos hacer bien –se presentaron. Debí de ser una de sus presuntas presas en el camino. ¿Sería su labor la que emplearon conmigo?

 

   Habrá muchos –pensé luego- que necesitan de esa ayuda de la conversación por encontrarse solos de extrema soledad. En una gran ciudad, como Valencia, al lado de estos grupos familiares, debe de haber personas que no tienen con quien hablar. ¿Será la misión de estos amigos buscar a estos solitarios que necesitan de compañía?

 

   “¡Bendita la familia que se encuentra unida!”, recuerdo que dijo uno de los presuntos amigos que conocí en la puerta del restaurante valenciano.

 

              Abrazos del abuelo Paco.

 

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