No te comprendo.

  10 octubre 2022

 

   Murcia, lunes, las nueve y media, todo sigue tan normal como la vida misma. Luego te cuento lo que trae el día. Ahora te cuento de ayer:

 

     9 octubre 22

 

     Murcia, domingo, las 6 de la tarde, viendo la torre de san Antolín a mi izquierda. Silencio dentro y fuera de casa. ¿Será porque es domingo?

 

    NO TE COMPRENDO

 

     No te comprendo, Señor. A veces nos tratas con mucha dureza. Hasta creo que con agresividad: terremotos por aquí, volcanes por allá, inundaciones, guerras, hambres, accidentes… ¿Tú que sacas con tantas desgracias? Es que todos los días tenemos algo que lamentar.

 

     La Tierra es un campo minado y al menor descuido, zambombazo. ¿Cómo puedes permitirlo? Si eres nuestro Padre, ¿cómo se explica que permitas la muerte de niños que no han nacido? ¿Por qué la enfermedad incurable y dolorosa de los enfermos de cáncer? ¿Por qué?

 

   Si Tú lo puedes todo, ¿cómo dejas que tus hijos pasen hambre, se maten en las guerras o mueran bajo los escombros de un hundimiento? No lo entiendo. A veces creo que no estás ahí y sales mejor parado; que Tú no sabes lo que ocurre.

 

   A veces creo que Tú eres como esos países que dejaron  sus colonias para que ellas se gobernaran solas, y vieron después, con angustia, que no sabían estar solas y perecían. Hasta llego a pensar que un demonio perverso gobierna el mundo que hiciste.

 

   No encuentro explicación a tantas desgracias que ocurren todos los días. Hoy le ha tocado a Ucrania: un puente se ha hundido y los coches que circulaban por encima se han visto apresados en sus agitadas aguas. ¿Quién puede ser el autor del siniestro?  

 

   Hablo del puente de Ucrania como podía referirme a las muertes en Palestina, en la India, en Pakistán o en el Salvador. ¿Y en España? ¿Cómo viven en Valladolid, en Palencia, en Burgos o en Murcia con sus devastadoras lluvias?

 

   ¿Cómo en Barcelona y el País Vasco con sus atentados? Un sinfín de desastres que parecen más bien de un país de locos o condenados a los peores suplicios. ¿Por qué? ¿Por qué Señor? ¿Qué hemos hecho para merecer este infierno? 

 

                       Un abrazo del abuelo Paco.

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