Laye.

   3 octubre 2022: San Gerardo de Brogne.

 

   Gerardo, siendo aún laico, decidió construir un monasterio benedictino en Brogne, tierras pertenecientes al patrimonio familiar. Era el año 919.

 

   Murcia, lunes, las nueve. Empezamos semana, casi mes, casi estación, casi Curso, casi milenio, ayer hasta una boda en la familia… Por aquí bien, gracias.

 

   1 octubre 2022

 

   Murcia, sábado, 11:20 en mi reloj, con el cielo despejado por los cuatro puntos cardinales. Hoy será noticia que Lina come fuera, que Francis come aquí con su familia.

  

   Y que ayer Orenes –odontólogo- me hizo unas pruebas para poner una dentadura nueva. Aún me duele la boca y solo como líquidos. “¿Cómo come usted?” “¿Cómo?, ¿Cómo como?” “Como como como”.

 

   COSAS DE PERO GRULLO:

 

   -Y ¿quién fue Pero Grullo?

   -Debió de ser alguien de una lógica aplastante.

   -¿Por qué?

   -Si te fijas, en todas las discusiones, hay puntos de vista diferentes: “Yo creo…” “A mí me parece…”. Y siempre hay una opinión, parecer o juicio, que de tan simple hace exclamar: “Eso es una verdad de Pero Grullo”.

 

   EJEMPLO:  

 

   -¡Oiga, ¿cuánto tardaré en llegar al pueblo? –preguntó el caminante a un labriego en el campo.

 

   -Si le veo caminar, se lo diré –respondió el labriego-: pero si no le veo caminar, no podré decírselo.

  

   -Por qué?

  

   -Si va corriendo, unos diez minutos; si va andando, media hora poco más o menos.

 

    La verdad de Pero Grullo es la sabiduría de lo elemental. Dice el Diccionario al respecto que Pero Grullo o Perogrullo fue un personaje ficticio al que se atribuyen dichos o verdades que por sabidos es simpleza aclarar.

 

   Perogrullesco: cosa tan evidente y natural que es tonto explicar.

   Perogrullada: verdad que, por sabida, es simpleza esclarecer.

   “La civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo”, dice el filósofo Ortega y Gasset hablando de perogrulladas.

 

   RELOJ DE CUCO:

 

   Los ruidos de los relojes del comedor llegaban hasta mí. Sobre todo el tictac del Cuco. Este reloj debía de ser vanidoso: le gustaba sobresalir de los demás para decir lo mismo. Y yo sabía que se atrasaba, encima.

      

   Un cacarote que quiere que se fijen en él sin decir nada más que los demás. Si por lo menos diera los cuartos… pero ni eso. ¿No le pasa a muchas personas que buscan popularidad haciendo más ruido que los otros?

  

   En mi libro “Poesías Rescatadas” digo en la número 83: “No, doña Rita, la razón no se tiene porque se grita”. Quería decir algo así.

 

   En cambio, ves a personas que no hacen ruido, que son como la violeta, y que valen su peso en oro. No quiero nombrar a nadie, pero saltan a la lengua.

 

   ¿Quién no conoce a personas calladas que son ángeles, que solo miran hacer bien, que apenas hablan y saben más que los que gritan cerca?

 

   Pues mi reloj de Cuco debía de ser un fanfarrón y un presumido, que solo daba las horas y no dejaba dormir con el ruido que producía.

 

   Cuando vivía mi perra Luna, solía acostarse en el comedor, y yo paraba el cuco cuando me iba a dormir para no molestar al perro. Nadie sabía por qué este reloj marcaba otra hora, pero era por hacerle a Luna la noche más agradable.

 

   Por la mañana, cuando pasaba cerca, movía el péndulo de nuevo. El reloj no se daba cuenta, seguía con su tictac ruidoso aunque no llevara bien la hora, pensando quizás que era el único que la llevaba bien.

 

   Sí, hay personas así, como mi reloj de cuco: bla, bla, bla, y la comedia sin salir.

 

                        Abrazos del abuelo Paco.

 

 

 

    2 octubre 2022: Santos Ángeles Custodios

 

   Murcia, domingo, las diez y media en punto, en el rincón. Día azul pero otoñal, fresquito, de no pensar en los ventiladores ya, ni en las piscinas.

 

   LAYE:

 

   ¿Te acuerdas de Laye? ¿Por qué me acuerdo ahora de Laye? ¿Qué será de mi amiga? La conocí cuando iba a la piscina. Un día me dijo por teléfono que no la esperara en su puerta

porque tenía que ir al médico.

 

   Te cuento: No sé quién nos presentó, pero pronto hablamos como viejos amigos, como amigos de siempre. “A ver quién corre más?”, nadamos como grandes atletas. Sin duda que me ganaba en velocidad.

 

   Luego nos lanzamos una pelota de goma. ¿Sería que Laye quería demostrar que podía hacer lo que los demás bañistas? Porque Laye, fuera del agua, tenía que usar una silla de ruedas para andar o poder moverse.

 

   -¿Cómo te sientes?, le pregunté un día.  

 

   -Lo tengo asumido –me contestó-: es de nacimiento; voy al médico con frecuencia. Cuando estoy mejor, ando sin ayuda; si regular, uso un bastón; si mal, uso un carrito.

 

   -¡Qué pena! –dije muy bajo.

 

   -¿Pena por qué? –saltó ella-: hay cosas peores. Era valiente y animosa.

 

   Cuando supe que vivía en el Barrio de San Antón, por donde yo pasaba con el coche cuando iba a la piscina, le di mi teléfono para que me llamara. “Para mí no es molestia -le dije-, te puedo recoger cuando voy al baño”. Aceptó mi ofrecimiento.

 

   No he dicho que Laye me dijo desde el primer momento que estaba casada y que tenía un hijo. Cuando sonó el teléfono y pregunté quién era, escuché su voz:

 

   -Soy Laye, de la piscina.

 

   -¡Hola!, ¿qué dices, Laye?

 

   -Que no me esperes mañana, porque quiero ir al médico. Con poco más, nos despedimos.

 

   SORPRESAS:

 

   -¿Quién era? –preguntó mi mujer, que leía cerca.

 

   -Una compañera de la piscina –le dije. Mi señora hizo un gesto de sorpresa y añadió:

 

   -¿Una compañera de la piscina? ¿Y qué quería?

 

   En los matrimonios que han celebrado sus Bodas de Oro de casados, con hijos y nietos, esto que digo es normal. En los nuevos, no sé. Yo en la vida de pareja de hoy no me meto. Los hay de tantas clases y maneras que no conozco lo que se lleva, lo que está bien y lo que está mal visto.

 

   Pero en mi caso sé que a mi mujer le extrañó mi respuesta: “¿Una compañera de piscina?”. Lo comprendí por el gesto de asombro que puso. Yo, como si no hubiera oído, seguí: “Dice que mañana no la recoja”,

 

   Más sorprendida con mi respuesta, siguió preguntando;   “¿Que no la recojas de dónde?”.

 

   ¿Cómo le explicaba yo la historia? “Es una amiga que recojo en el camino cuando voy a la piscina.

 

   Mi mujer cambió de color. “¿Es que eres tú su taxista?”.

 

   -Pues sí, pero no. Y tuve que explicarle quién era Laye, cómo la conocí y por qué la recogía en su puerta cuando iba a la piscina.

 

                       Hasta mañana, el abuelo Paco.

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