De emigrantes.

8 octubre 2022

 

   Murcia, sábado, las diez, “Sin novedad en el frente, Mi General”. Ayer escribí.

 

 

   7 octubre 2022

 

   Murcia, viernes, 11:30, con el piano dormido detrás; mamá en su Misa del comedor; Marlène limpia donde puede. El tiempo ha vuelto a ser primaveral; igual mañana es invernal de nuevo.

 

   No sabemos ya qué hacer, si sacar ropa de invierno, si seguir con la de verano, o si poner una y otra encima de la cama e ir cogiendo la que más convenga.

 

   -¿No está así la Política? Hay tantos Partidos y tantas opiniones –y más ahora con los Presupuestos del 2023 y las Elecciones- que ya no se sabe qué es lo mejor: si lo que  dice uno del PSOE, si lo que otro del PP no quiere oír, o si echar por el camino de en medio.

 

   -Quizás que lo mejor fuera, como las ropas en la cama, ver los programas de cada Partido en la puerta del Ayuntamiento de los pueblos cada día y elegir.

 

   -Hoy sí que has mezclado churras con merinas. ¿Qué tendrá que ver el tiempo con la Política?

 

   -¿Acaso te he ofendido, Eusebio?

 

   -Tanto como ofenderme no, pero me has hecho perder el tiempo, y el tiempo es oro.

 

   -Perdona, y a mandar.

 

   DE EMIGRANTES:

 

   Mamá habla con la Señora que limpia. No me acuerdo si es colombiana, chilena o peruana. Es algo que no consigo distinguir, como a mis nietos mellizos, Jaime y Pablo, cuando eran pequeños.

 

   Con lo grande que es el continente americano, todos son iguales para mí. Entre ellos, quizás se distingan; para mí, lo mismo es un chileno que un paraguayo, un ecuatoriano que un argentino. No los distingo ni por los rasgos de la cara ni por la voz.

 

   Con los negros, lo mismo: para mí todos son africanos. ¿Sabrán ellos distinguir a un negro de Etiopía de otro de Camerún? ¿Sabrán si es abisinio o nigeriano? Yo no he logrado saberlo nunca.

 

   Y con los chinos, japoneses, tailandeses, u otro país oriental, tres cuartos de lo mismo. Me quedo sin saber si la mujer que habla con mi Señora es de Venezuela o de Panamá.

                               

   Hoy, los inmigrantes nos invaden. Hace solo unas décadas era raro ver a un negro por nuestras calles. Y quien dice a un negro dice a un japonés. “Mamá, he visto a un negro”, decíamos los niños.

 

   Luego se vieron parejas bicolor. “Mamá, iban juntos un negro y una mujer blanca”. Hoy ya no llaman la atención estos grupos de blancos con negros. En todas partes se ven razas distintas haciendo vida comunitaria. CONTINUARÁ.

 

              Un abrazo del abuelo Paco.

   

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