Como un reloj suizo.

 14 octubre 2022

   Murcia, viernes, las ocho y media, “un día más en la virtud pasado, un paso es más que te aproxima al Cielo”, dijo no sé quién ni cuando. Como vimos anoche una peli de Santa Teresa, igual es de ella la frase.

 

   13 octubre 2022: San Eduardo

 

   Murcia, jueves, las doce y diez, con el piano. Acabo de subir de hacer mis cosas. Ahora a escribir un rato.

 

   COMO UN RELOJ SUIZO:

 

   Mi casa es como un reloj. Ha llegado a ser, con el tiempo, de una precisión absoluta. Cuando hay que introducir un cambio, por pequeño que sea, la convulsión es grande. “¿Qué ocurre?”. Algo así como si mañana no viéramos salir el sol o que la luna cambiara de camino.

 

   Yo no conozco nada que sea, en este sentido, más ejemplar que la Naturaleza: a su hora sale el sol, a su hora la luna, y en su momento justo nacen las flores. De tal manera es así, que el más ligero cambio nos alarma, nos asusta; “¡Qué calor para estar en enero!”. Lo más mínimo que se produzca fuera de lo común nos inquieta. Es el reloj por antonomasia.

 

   Unamuno era otro fiel cumplidor en su trabajo con las horas precisas. Tan fielmente cronometraba sus acciones que muchos ponían su reloj en hora cuando pasaba: “Las ocho menos veinte”, decían. Y es que a la misma hora pasaba por allí todos los días.

 

   El tren ha tenido que ser necesariamente puntual: como unos viajeros van y otros vienen, la sincronía tiene que ser perfecta, si no se quiere un cataclismo.

 

   Yo recuerdo que en la Pinosa, cuando íbamos con el abuelo a vendimiar, esperábamos a que pasara el tren para almorzar. “Ya son las nueve”, decía.

 

   No creo que sea lo mismo en los viajes con aviones. A lo mejor me equivoco. Pienso que el peligro de chocar con otros aviones tenga poco que ver con la hora del vuelo.

 

   El piloto que conduce la nave tendrá más libertad de salirse de su ruta que el conductor del tren, que no podrá salirse de la vía ni un centímetro.

 

   Los animales son también estrictos cumplidores de un horario: a sus horas hacen las mismas cosas.

 

   Cuentan que un granjero se pasaba de listo, y habiendo observado que sus gallinas ponían su huevo diario cuando veían la luz del amanecer quiso que llegara la noche a mediodía cerrando las ventanas y que amaneciera de nuevo abriendo las ventanas poco después.

 

   Quiso hacer trampa con la naturaleza por avaricia. Y las gallinas se volvieron locas y la máquina corporal de fabricar huevos se les rompió. Y el granjero avaricioso se quedó sin huevos que vender.

 

   Cuántas personas quieren cambiar la noche por el día y el día por la noche y se equivocan. La luz eléctrica quiso modificar el orden establecido por las leyes naturales, pero el Sol se réía por la insensatez. “Cada cosa en su tiempo”, musitaba paternalmente.

 

                                 Abrazos del abuelo Paco.

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